I. Antes
Llegué a Kawaguchiko al sábado por la tarde, venía en carro desde Hakone. Estaba lloviendo desde que había dejado Tokio el viernes por la mañana. La visibilidad era muy escasa, no se veía más allá de unos metros, pero sobretodo no se veía el Monte Fuji. Paramos en varios miradores a orilla de la carretera que va por la cumbre de las montañas, pero el monte sagrado seguía oculto.
En esta zona, sin embargo, todo está imbuido de la presencia del Monte Fuji: los nombres de los lugares, postales, afiches, artesanías. Algunos lo llaman el monte sin igual, y su atractivo y magnetismo son sin duda algunas de las razones por las que más de trece mil corredores de más de 40 países se dieron cita este año en noviembre para correr la Maratón Internacional del Monte Fuji.
Me había estado preparando durante casi todo el año para este evento, era mi primera maratón y quería hacerlo bien. Había corrido más de mil kilómetros en más de cien sesiones de entrenamiento. Había corrido durante el entrenamiento hasta 34 kilómetros, pero los 42 kilómetros de la maratón seguían siendo un territorio desconocido, hasta el domingo 24 de noviembre de 2019.
II. Durante
Había dejado de llover pero varias nubes cubrían el Monte Fuji y parte del lago. Era un enorme regalo estar justo allí, en la línea de salida de la Maratón de Fujisan, esa mañana de noviembre. Lo que hacía muchos meses era sólo una idea ahora era una realidad concreta, en unos minutos comenzaría la maratón, mi primera maratón.
La primera parte de la Maratón transcurre alrededor del lago Kawaguchi, que da nombre al pueblo y sus alrededores. Kawaguchiko es un lugar de una belleza increíble: un gran lago entre las montañas, amplios bosques que en otoño se visten de muchos colores, y pequeñas casas en las montañas a orillas del lago.
Después de la media maratón comenzamos a subir por una pendiente de 100 metros en un kilómetro que en línea recta lleva desde el lago Kawaguchi al lago Saiko. La zona de este lago es espléndida, sale el sol, el lago está rodeado de montañas coloridas, como pequeños montes fuji que se reflejan en sus aguas. Los kilómetros y la subida empiezan a hacer efecto. Cierta dificultad para correr empieza a salir a flote a partir del kilómetro 31. Dicen los expertos que allí es donde comienza la maratón y ahora creo entender a qué se refieren.
Llegado el punto donde correr se hace tan complicado que cada paso es un logro, parece ineludible enfrentarse a la pregunta ¿por qué o para qué correr una maratón? ¿Para qué enfrentarse a esta barrera, a este bloque, a esta niebla, que aparece en los últimos 10 kilómetros? Sin una respuesta clara no es posible seguir en movimiento.
Correr se parece mucho a la meditación Zen. El Zen es la práctica de la concentración. Concentración en la postura del cuerpo y en la respiración, dejando pasar los pensamientos. La concentración permite ir más allá. Más allá de lo que se cree que son los límites propios, más allá de la búsqueda de reconocimiento, más allá de uno mismo. Se corre una maratón para descubrir que es posible ir más allá. Es un entrenamiento para la vida que tarde o temprano nos demandará ir más allá de todo lo conocido.
Eliud Kipchoge decía que podemos hacer mucho más de lo que creemos, y que uno puede moverse así mismo a otro mundo. Eso lo dice quien logró correr recientemente la maratón en menos de dos horas. Su hazaña y su forma de correr y de vivir son un regalo y una gran inspiración para todos los practicantes del deporte de correr maratones.
El apoyo de la gente es vital para poder seguir, hay grupos de jóvenes músicos de la secundaria local, niños que regalan dulces, y familias de los pueblos cercanos. Nos gritan Ganbare! Ganbare! (頑張れ), una manera de decir: no te rindas, da lo mejor de tí mismo. Exactamente de eso va la maratón, de dar lo mejor de uno mismo y no rendirse, especialmente en esos duros kilómetros finales.
Y así con la fuerza del lugar, con el apoyo de la gente, y con la concentración puesta en cada paso, llegué a la meta. El reloj marcaba 3 horas 59 minutos y 10 segundos.
III. Después
Había pensado muchas cosas sobre cómo me sentiría al pasar la línea de la meta. La verdad estaba tan cansado que no tuve mucho tiempo de pensar o de sentir nada especial. Sólo quería descansar y entender qué era lo que había pasado.
Unas horas después iba regresando en el autobús de Kawaguchiko a Tokio. La maratón me iba dejando algunas lecciones. La primera es que correr una maratón es un asunto serio. No se puede tomar la maratón a la ligera, ella es una maestra de humildad. La segunda es que la maratón del Monte Fuji es duro, los 500 metros de desnivel total se sienten y hacen mella; pero es a la vez una gran experiencia por la belleza y fuerza del lugar y por la hospitalidad y apoyo de la gente. La tercera es que el tiempo logrado y todo lo relacionado con ello es secundario, lo importante es haber sido capaz de terminar los 42 kilómetros, haberlo dado todo, haber ido más allá de todas las dificultades y no haberse rendido.
La maratón no son sólo los kilómetros que se corren el día del evento. Es todo lo que se hizo para poder llegar allí. Son los meses de entrenamiento, de preparación y de esfuerzo. Son todas las personas que ayudaron con su compañía a la hora de salir a correr, con su ejemplo inspirador, los voluntarios que ayudaron en la organización, los amigos que estaban dando ánimo durante el recorrido. La maratón es también la pareja de adultos mayores que me encontré en el desayuno antes de salir a correr. La mujer correría la que sería su sexta maratón a sus 71 años y esperaba hacer un tiempo de menos de 4 horas. La maratón es el espíritu de su ejemplo y amabilidad.