¿Tiene sentido estudiar y recibir títulos por ello? ¿Se debería eliminar todo tipo de certificación académica? Y ya puestos ¿se debería eliminar la Escuela como institución y reemplazarla por la formación autodidacta de cada individuo?
La clave, en mi opinión, está no en hablar de lo autodidacta que pueda ser la formación, sino en dirigir la discusión a la idea misma de formación. La formación es un concepto mucho más general que la educación, y que puede definirse como el proceso, interminable de por sí, por el cual un ser humano se da a sí mismo una forma intelectual propia, es decir que moldea su interior, su mente, su conciencia o su espíritu de acuerdo a su propia naturaleza y a las posibilidades y limitaciones de su entorno.
Esta idea corresponde al concepto de Bildung que desarrollaron algunos intelectuales alemanes del período de la Ilustración y que el historiador inglés Peter Watson define como:
El concepto de Bildung … hace referencia al desarrollo interior del individuo, un proceso de realización a través de la educación y el conocimiento, en efecto una búsqueda secular de perfección, representada en un progreso y refinamiento tanto en conocimiento como en términos morales, una amalgama de sabiduría y realización personal [1].
Desde este punto de vista la formación es un proceso de largo alcance y permanente en el tiempo que va más allá de la educación. Pero que no la niega sino que la incluye como uno de los tantos recursos posibles en la tarea de aprender a pensar, a valerse del propio entendimiento, y a conocerse a uno mismo y a la Naturaleza de la que se forma parte.
Ese aprendizaje se puede dar por medio de la educación formal en la Escuela, también puede darse de forma autodidacta, o con una combinación de ambas que es lo más habitual. En sentido estricto no hacen falta títulos para certificar algún estado o avance en el proceso de formación al ser la formación una tarea personal, en la que sólo cada uno sabe dónde está y hacia dónde se dirige.
Pero, y este es mi punto de vista personal, los títulos y certificados tienen una doble utilidad. Por un lado tienen mérito como certificación social de la capacidad de desempeñar una función profesional. Es bueno saber que quien, por ejemplo, dirigirá una cirugía que incluye abrir el pecho para una operación de corazón abierto es un médico graduado de una Universidad reputada. Y por otra parte tiene una utilidad personal: dentro del proceso de formación la recepción de un título académico es un reconocimiento al esfuerzo realizado durante un tiempo para aprender a pensar sobre un tema determinado. Es como correr una maratón y recibir una medalla. Estrictamente no es necesario registrarse y pagar para correr 42.2 km y recibir un certificado de completación; esto mismo lo podría hacer uno mismo cualquier día del año por su propia cuenta. Pero quien practique el deporte de correr maratones sabe lo valioso que resulta prepararse, correr y terminar una maratón reconocida y recibir un certificado que lo acredita. Así, el título académico es el reconocimiento social y personal al esfuerzo que requiere la formación.
La formación parte de un principio fundamental, un axioma si se quiere, sobre las capacidades humanas que podría enunciarse como: es posible cambiarse a sí mismo. La idea de darse una forma propia asume que es posible transformarla, que no todo está fijado o definido de antemano. Hace falta mucho valor para la formación, así como hace falta coraje y dedicación para aprender todo lo difícil: sean matemáticas avanzadas, a hablar una lengua extranjera, o crear una obra de arte usando la imaginación.
El cambio que demanda la formación requiere arrojo existencial y disciplina interior. Parte de la premisa de que es posible estar, y que frecuentemente se está, equivocado; y de que se es ignorante de la mayoría de las cuestiones complejas de la vida humana y del Universo. Y que por tanto es necesario un esfuerzo por entender y conocer, por darse cuenta de los errores y limitaciones del propio entendimiento, para salir de los prejuicios e ideas ancladas que impiden conocer la realidad tal como es. Ese es el propósito central de la búsqueda del conocimiento científico, al que el físico austríaco Erwin Schrodinger, se refiere en su libro Ciencia y Humanismo:
Debemos insistir, por más evidente y claro que pueda parecer, en que el conocimiento aislado obtenido por especialistas en un campo limitado del saber carece en sí de todo valor. Su único valor posible radica en su integración con el resto del saber y en la medida en que nos ayuda a responder a la más acuciante de las preguntas: ¿Quién soy yo? –en palabras de Plotino: “y nosotros, ¿qué somos en el fondo?» [2]
¿Para qué estudiar y por qué seguir estudiando? Porque la formación nunca termina, porque el conocimiento no tiene límites, porque estamos siempre en proceso como seres humanos, porque para ser fiel a nosotros mismos es necesario cambiarnos y para poder cambiar tenemos que tener las herramientas y la maestría (en el sentido de arte y destreza) suficientes para hacerlo.
Referencias
[1] Peter Watson. The German Genius: Europe’s Third Renaissance, the Second Scientific Revolution, and the Twentieth Century. Harper. 2010
[2] Erwin Schrödinger. Ciencia y humanismo. Tusquets Editores. Colección Metatemas. 1985