Pronto se cumplirán 15 años de haber salido de Colombia y haber venido a vivir a Europa. Inicialmente viajé a España con el propósito de realizar mis estudios de doctorado en la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) en Barcelona. Pensaba regresar al cabo de cuatro años a Colombia pero mi doctorado, mi estancia y mi vida en España y en Europa se fueron alargando. Desde hace más de cinco años vivo en Berlín, donde inicialmente trabajé como investigador en el Instituto Fraunhofer-Heinrich Hertz y en la Universidad Tecnológica de Berlín, y donde, desde hace un par de años, me desempeño como socio fundador de una empresa startup de tecnología.
Como muchos ciudadanos de Colombia, y de otras partes de América Latina, viajé a Europa, como dice una canción: buscando una oportunidad para mejorar. En mi caso se trataba de obtener una formación avanzada en investigación en el ámbito de la ingeniería de computación. Para otros se trataba de obtener la oportunidad de tener un mejor trabajo, o en casos más trágicos de huir de las violencias de muchos tipos que azotaron, y siguen azotando, a Colombia y otros países de la región. Lo que todos teníamos en común era que a partir de allí nos convertimos en inmigrantes colombianos o latinoamericanos en Europa. Sobre lo que significa esta denominación hablaré más adelante.
Al haber salido de mi país, y no haber regresado, me incorporé al grupo de más de 4 millones de compatriotas que hicieron lo mismo, casi un 10% de la población total. De todos ellos más de un millón emigramos durante el período que va de 2000 a 2005, un quinquenio particularmente difícil para Colombia por la intensificación de la violencia y la crisis económica.
Desde antes de viajar, y especialmente durante mis estudios universitarios en Colombia, sentía una gran admiración por la Unión Europea, admiración que me atrevo a decir era compartida por muchos. La UE no sólo había logrado la paz entre países históricamente enfrentados en la guerra, sino que había creado un espacio de libre movilidad, de prosperidad económica, de respeto por los derechos humanos, promoción de la justicia internacional, protección del ambiente, apoyo a la ciencia y la tecnología, entre otros muchos logros.
Desde mi llegada a Barcelona la Unión Europea tuvo una presencia especial en mi vida cotidiana: la beca de estudios de doctorado que recibí del Ministerio Español de Ciencia y Tecnología estaba financiada por los fondos estructurales de la Unión, lo mismo que los nuevos edificios y modernos equipamientos de la Universidad. Igualmente financiados por la Comisión Europea fueron y siguen siendo muchos de los proyectos de investigación en los que participé y sigo participando, como parte de los programas FP7 y Horizonte 2020.
Viajar libremente por la zona Shengen fue otro de los beneficios directos de ser un residente en España. Los colombianos en particular tenemos una experiencia muy difícil para viajar debido a que, aún hoy, muchos países del mundo nos exigen complicadas visas para entrar en sus territorios; incluso aunque sea sólo para permanecer un par de horas en la zona de inmigración de un aeropuerto. Viajar libremente por todos estos países de Europa era, y sigue siendo, una gran oportunidad, y es, al mismo tiempo, una forma práctica de ejercer el derecho a circular libremente que establece la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Ahora que se cumplen 60 años del Tratado de Roma que dio lugar a la creación de la Unión Europea se escuchan demasiadas voces críticas con el proyecto europeo. Populistas y extremistas de diversa índole la atacan por igual. Y valga la aclaración, no estoy tratando de defender a la UE como el destino político final de la humanidad, o planteando que no esté exenta de mejoras o críticas. Pero sucede que, como en otros casos, los más ruidosos críticos de la UE parecieran ser los únicos que tienen algo que decir.
Obviamente no es así, y existen muchos ciudadanos de muchos países, que defienden los principios fundamentales de la Unión Europea: la paz; los derechos humanos; la libre movilidad de las personas, los bienes, servicios, y el capital; la libertad de expresión; la independencia de la justicia y el respeto por la diversidad. Iniciativas como #PulseforEurope están llevando esta voz ciudadana a las calles y otros espacios de la sociedad civil.
Por eso, en una fecha como hoy, considero importante recordar que muchos inmigrantes hemos recibido mucho de la Unión Europea: becas para estudiar, recursos para hacer investigación científica, oportunidades para trabajar y desarrollar nuestras capacidades, y un lugar para vivir en paz. Para alguien que, como yo, vivió casi toda su vida en un país en guerra (pero que afortunadamente parece estar saliendo de ella) vivir en un lugar en paz es uno de los regalos más grandes que puede ofrecerle una sociedad.
Pero obviamente nosotros los inmigrantes no sólo recibimos de la Unión Europea, como algunos malintencionados quieren presentarnos, sino que también aportamos mucho y de muchas maneras: como profesionales de grandes capacidades realizando estudios de pregrado, maestría y doctorado, como profesores e investigadores en universidades y centros de investigación, como médicos y especialistas en el ámbito de la salud, como emprendedores al frente de nuevas empresas, como artistas y deportistas de alto nivel, como trabajadores en muchos oficios, y un largo etcétera.
Y aportamos también con nuestra cultura a la diversidad de culturas que forman Europa. Porque en este largo viaje que es la inmigración ponemos nuestra identidad en juego. A pesar de llevar viviendo muchos años fuera de nuestro país de origen seguimos siendo llamados inmigrantes, como si esta fuera una condición y no un acto concreto. Pero esto no necesariamente hay que verlo como un problema, viene a sugerir la oportunidad de tener una doble condición: ser de aquí y de allá, permitir que la identidad propia se multiplique.
Quizá este sea nuestro mayor aporte a la Unión Europea del futuro: estamos ayudando a que Europa sea más mestiza. Como dijo el músico Daniel Barenboim en un diálogo con el académico Eduard W. Said: no sólo es posible tener muchas identidades, sino que es algo a lo que se debería aspirar. El sentido de pertenecer a diferentes culturas sólo puede ser enriquecedor.