Hoy 20 de octubre de 2017 cumplo los años del número atómico del Molibdeno. La vida avanza y con ella me voy haciendo mayor. La vida sigue sucediendo en mí y ese es el principal motivo de celebración. Estoy con vida, sano y salvo. La vida sigue siendo nueva y yo sigo dispuesto a aprender de ella, sigo teniendo esperanza y confianza. Estas últimas, aunque esquivas, se renuevan, por ejemplo, con la música, el cine, la literatura y el arte que logra tocar las fibras sensibles. Para cada uno es tan distinto, para mí por ejemplo siguen siendo únicas melodías como La mer de Claude Debussy, Tod und Verklärung (Muerte y transfiguración) de R. Strauss, los Cuartetos de cuerda No 14 y 15 de Shostakovich, el Cuarteto para el fin del tiempo de Messiaen, o las Gymnopédies de Satie. O con películas como el Espejo y Stalker de Tarkovski que cada año se hacen aún más nuevas. O con las páginas de un libro interminable como lo es En busca del tiempo perdido de Proust.

Mencionar esas obras es una forma de señalar esos lugares del espíritu humano, que a su vez es esa forma de referirnos a nuestra más profunda intimidad, que son capaces de reconocer la imagen poética del mundo y conmoverse con ella. Esa conmoción, que la primera vez que la sentimos parecía una pequeña vibración interior, silenciosa y espontánea, con el tiempo se convierte en una brújula de un cambio vital: el de la transfiguración y la metamorfosis a las que se refiere Strauss. Cambiar de forma, formarse, darse a uno mismo otra forma más propia, más acorde, más dulce y amable con la vida y con los otros. Rehacerse usando para ello los mismo materiales de los que dispone nuestra forma actual, en un cambio silencioso e interior, hasta alcanzar una forma nueva; ese es uno de los significados de la preciosa palabra de origen griego metamorfosis.

Para cambiar de forma hay que pasar por un proceso de formación, que en su acepción más básica significa estudiar. Estudiarse a sí mismo con aplicación y por extensión a todo aquello que nos resulte fascinante: las propiedades de los números, las raíces enésimas de -1, la gravitación y la  formación de las estrellas, las ondas electromagnéticas, la entropía de la información, la transformada del coseno, la estructura del ADN, la química molecular de la célula, el modelo estándar de las partículas elementales, la historia de las civilizaciones, la filosofía del ser, etc. Mientras más intereses tenga un ser humano más amplio será el espacio de su formación y menor el de su aburrimiento.

Sugería Voltaire en Cándido o el optimismo que lo que puede oponer una persona virtuosa al mundo sórdido de los fanáticos y los intolerantes es el cultivo de su jardín interior. Trabajar ese territorio propio de la intimidad para dejar que broten los frutos de lo mejor de uno mismo, de las potencialidades de cada existencia. Ante tantos fanáticos  que siguen promoviendo el odio, el resentimiento y la venganza sugiere Viltaire que no estamos completamente desamparados, tenemos la capacidad de volver sobre nosotros mismos, de estudiar, de formarnos,  de trabajar en ese jardín interior, darle forma y compartir con los demás los frutos de ese esfuerzo por el cuidado de lo humano.

Con muchas limitaciones y dificultades he cultivado palabras e imágenes en mi interior durante estos años de viaje compartido. Y hoy que comienza el año marcado por el elemento Molibdeno, quiero compartir con ustedes, familiares, amigos y vecinos, estas sencillas palabras de agradecimiento.