Desde que volví a correr en serio hace un poco más de un año he salido a correr unas 100 veces y en total he recorrido un poco más de 1000 km.
Mil kilómetros se corren preparándose muchos días por la mañana, por la tarde o por la noche, poniéndose las zapatillas, haciendo un calentamiento y saliendo a correr. Una cita con uno mismo. Me siento muy afortunado porque vivo cerca de dos grandes parques urbanos por donde es una delicia salir a correr: el Tiergarten, y los Jardines del Palacio de Charlottenburg.
Por razones de trabajo viajo frecuentemente y lo que en un tiempo era una dificultad para mantener el ritmo semanal de correr se ha convertido en una forma diferente de conocer los lugares a donde viajo. Correr por una ciudad desconocida lleva adjunto aventuras como la posibilidad de perderse, de llegar a callejones sin salida y tener que devolverse, pero también de encontrarse con lugares realmemente encantadores. Correr por las calles de Tokio y aparecer de un momento a otro por el parque de Shiba viendo la Torre de Tokio o la entrada del templo de Zōjō-ji. O correr por las calles de Linz y llegar a la rivera del Danubio por la que se puede correr largos kilómetros. O correr al lado de muchísimos corredores por el amplio camino peatonal de la Bahía de Singapur desde donde se ven las intensas luces nocturnas de la ciudad desde la distancia.
Las ciudades por los que se corre se vuelven propias de una manera más íntima, se les conoce no sólo por sus sitios más emblemáticos sino por esas pequeñas calles peatonales de donde aparecen unos niños que regresan de la escuela, o donde una pareja de ancianos camina un domingo temprano por la mañana, o un músico callejero espera con paciencia a su audiencia.
Correr es una actividad por naturaleza solitaria, aunque haya gente que intenta volverla con dudoso éxito una actividad social. Uno va a su ritmo, y con los demás sucede que van más despacio o más rápido de lo que uno quiere. Así que he vivido 1000 km de soledad en movimiento en los últimos meses. Quizá por ello vengo a escribir sobre ello, para establecer un diálogo con otros, quizá también corredores solitarios que se levantan por las mañanas y piensan en los 8, 10, 15 o 20 km que les esperan adelante.
Estos primeros mil kilómetros han sido un período de transición hacia otra forma de vida, una quizá más sencilla y más tranquila. De ir a dormir más temprano, que para alguien que como yo ha sufrido problemas de insomnio es ya una bendición. De comer mejor, simplemente porque te da más hambre, y de sentir un poco más el propio cuerpo y sus mensajes.
Después de correr dos medias maratones este año creo que ha llegado la hora de asumir un reto mayor ¡Junto a la celebración de estos 1000 kilómetros llega la noticia de que he sido aceptado para correr la Maratón de Berlín de 2018! La preparación comienza desde ya, justo cuando comienza el invierno del norte. Pero el frío también tiene esa otra cara, la de hacer que uno se sienta más despierto, más vivo. Ahora sí que cada salida a correr será vivida como una victoria ¡Ánimo!
Correr es un forma de viajar dentro y fuera de nosotros. También lo disfruto de manera básica,
a veces no con la frecuencia deseada, pero intento no perder esa práctica que nos devuelve quizá a nuestros orígenes y nos recuerda el encanto de las actividades sencillas.
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