El domingo 30 de junio tuve la oportunidad de asistir a la presentación de la obra «Sacre», una combinación de música en vivo por la orquesta de la Ópera Estatal de Berlín y de danza contemporánea por la compañía de Sasha Waltz and Guests. La presentación en tres partes incluía: El preludio a la siesta de un fauno de Claude Debussy, Romeo y Julieta de Hector Berlioz, y La consagración de la primavera de Igor Stravinsky.
La obra del compositor ruso era el plato fuerte de la tarde que resultó siendo una experiencia profundamente impactante. La música y la danza fueron ambas de una fuerza increíble. Le sacre es una de esas obras que hay que escuchar en vivo para poder adentrarse en su riqueza cromática, en la variedad de las intensidades sonoras y hasta en la amplitud espacial de los sonidos de la orquesta. Le sacre no es sólo un ballet, es una obra para escuchar con el cuerpo y no con la mente, como dice el crítico musical estadounidense Alex Ross, quien además afirma que “aunque otros compositores fueron más allá a la hora de revolucionar la armonía, ninguno puede competir con Stravinsky en el ámbito del ritmo”.
Y el ritmo era el elemento comunicante entre la orquesta y los bailarines de la compañía de Sasha Waltz. Pero no un sólo ritmo, sino toda una paleta de ritmos que cambiaban constantemente y que se superponían uno a otros, y a los que los bailarines daban una formas precisas, voluptuosas y dramáticamente intensas.
La primavera a la que hace referencia la consagración no es un evento suave y paulatino de la naturaleza, por el contrario se trata de la energía vital que emana de la tierra y sacude a los seres vivos, es la emanación de la naturaleza que da fuerza al sexo; y esa intensidad fue la que pusieron en escena los bailarines de Waltz.
La música y la danza se mezclaban en un diálogo abierto: el sonido y el cuerpo, el ritmo y el tiempo, la vida saliendo de la tierra. El episodio final, La danza sacrificial, estaba permeado de una especial tensión emocional y muscular, de una música que repetía incesantemente esos compases que están por toda la obra, y que al mismo tiempo hacía aparecer sonidos inesperados a cada compás, y en la danza la mujer que se aleja del grupo, se desnuda, y se mueve con una feroz intensidad y termina en un grito.
106 años después de que se estrenara esta obra en París en el Theatre Champs-Elysees, es una enorme alegría poder apreciarla en vivo en el nuevo auditorio de la Ópera EStatal de Berlín y disfrutar de su tremenda vitalidad y vigencia.